5 dic. 2012

Estambul: misión cumplida


Estambul, 4 de diciembre de 2012.

No fue el final de película que hubiera querido. La lluvia estaba ahí cuando desperté, y nunca se fue. Desde el kilómetro 5 ya estaba empapado. Iba mentalizado para enfrentarme al tráfico enloquecedor de una megalópolis, pero no consideré los otros retos que me fueron apareciendo en el camino. Primero, las condiciones esquizofrénicas del camino, que un par de kilómetros era una autopista impecable, como alfombra negra, para luego transformarse, súbitamente, en un camino de terracería (presumiblemente por obras viales... que se sucedían unas a otras cada cinco kilómetros). Luego, los perros salvajes que merodeaban la carretera al más puro estilo mafioso, persiguiendo e intimidando a los incautos. En un par de ocasiones tuve que enfrentar a perros alfa que se me acercaron mostrando sus colmillos y ladrando. Al bajarme de la bici y pararme a un costado de ella, los perros se tranquilizaban. Pero aún así, el temor a un enfrentamiento me llevó a procurarme un arma muy rudimentaria, una rama de árbol que encontré a la orilla de la carretera. Afortunadamente, no tuve que usarla. La tiré al entrar a Estambul. 

A los 50 kilómetros entré a los suburbios de la megalópolis euroasiática. Para ese entonces iba yo en una autopista de 6 carriles, la D020, que se suponía que era la vía más tranquila para ingresar a Estambul. Pero no tuve mucha oportunidad de apreciar los cambios en el paisaje. Mi autopista comenzó a interactuar con varias otras autopistas de forma violenta y desconcertante. Por todos lados había carriles de entrada y de salida. Yo iba en el acotamiento carretero, pero en varias ocasiones mi acotamiento se convertía en el carril central de la autopista cuando se incorporaban a la misma otros dos carriles sobre los que rodaban vehículos a 100 km/h. 

Mi sentidos estaban en modo de máxima alerta. Estaba navegando una red de espaguetis carreteros que se enredaban con el paso de los kilómetros. Eventualmente me deshice de ellos, entré a la ciudad propiamente, y aparecieron los semáforos, los camiones, los peatones. No tardé mucho en notar que en esta ciudad las bicicletas no tenían lugar, o al menos esa es la lección que me querían impartir el resto de los vehículos. Frustrado, nervioso y confundido, saqué mi bicicleta de esa gran avenida que me llevaba hacia el este, hacia Sultanahmet, mi meta. Cargué mi bici y la puse sobre la banqueta, que cada cien metros desaparecía o estaba bloqueada por autos o materiales de construcción. De nuevo cargué la bicicleta, la llevé hacia un río, y pude avanzar un kilómetro o dos sobre un rudimentario malecón. Luego volví a la calle, tuve que hacer un par de cruces peligrosos e ilegales en una avenida para ponerme del lado correcto de ella. Y así, poco a poco, me fui acercando. La adrenalina seguía fluyendo, y pude subir la colina final con una velocidad prodigiosa, imprimiendo un máximo de energía a cada vuelta de pedal porque sabía que no faltaba mucho. Tuve un roce cercano más con otro automóvil, luego giré a la izquierda en la avenida del tranvía y quedé de frente a la Aya Sofía. Salí de la avenida, cargué mi bici para bajar unas escaleras y llegar a la plaza. De un lado la Aya Sofía, del otro la Mezquita Azul. El fin. Me detuve un par de minutos para tranquilizarme, convencerme de que ya estaba ahí. Luego saqué la cámara y grabé un breve video mientras le daba la vuelta a la plaza que conecta los dos monumentos. Aquí lo tienen:





El próximo año vendrán nuevos retos, pero por el momento quiero disfrutar este logro y esta ciudad. Fueron  8512 kilómetros desde que empecé el 23 de junio. 104 trayectos individuales, en un periodo de 165 días. 14 países visitados. Ya habrá tiempo para reflexionar y escribir con calma sobre las lecciones de este recorrido, pero desde ahora puedo adelantar una cosa: lo más difícil fue empezar a pedalear. Lo demás es inercia.



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